Fútbol y política
El pasado Mundial de Fútbol volvió a dejar en evidencia la estrecha relación que hay entre el balompié y la política. Muchos de los países participantes tuvieron – dependiendo de cuán bien les fue en el Campeonato – repercusiones políticas que se desprendieron del evento deportivo.
En los menos, el poder político se sumó al éxito obtenido por la selección (parece evidente que Zapatero recibiera a los campeones en la Moncloa, pese a las críticas a que no viajase nadie del gobierno hispano a apoyar a la selección). En la mayoría de las naciones, en tanto, los respectivos presidentes tuvieron que salir a poner paños húmedos a un ambiente general cargado de esperanzas rotas. En estos últimos los ejemplos más importantes los encontramos posiblemente en Nigeria, Francia y Brasil.
El Presidente de Nigeria, Goodluck Ebeje Jonathan, tras el magro papel desempeñado por la selección del país africano – se quedaron en primera ronda – decidió suspender (sic) a la escuadra de toda participación oficial por los próximos dos años. “El señor Presidente ha ordenado que se retire a Nigeria toda competencia internacional de fútbol para los próximos dos años para permitir reorganizar el equipo”, señaló el periodista Ima Niboro.
Por otro lado y como no podía ser de otro modo, la debacle francesa en la Copa Mundial tampoco pasó inadvertida en la esfera política gala. Una vez eliminada en primera ronda, el propio Presidente Nicolas Sarkozy tuvo una entrevista con Thierry Henry – quien llegado al aeropuerto fue recogido por un auto oficial – para recibir un detalle de las divisiones y controversias del camarín galo y se ventilaron extensamente en la prensa mundial. “La cara mostrada por la selección de Francia en Sudáfrica: desastrosa”, afirmó el Mandatario. Además, exigió a las autoridades locales que los culpables pagaran por el papelón.
Lo llamativo, que generó su propia polémica, es que el mismo día 26 de junio en el que político y delantero se reunieron, Francia sufría una movilización general contra el sistema de pensiones, lo que evidentemente pasó a segundo plano. Además, el Presidente suspendió reuniones con agrupaciones humanitarias y modificó la hora de la entrevista con la Presidenta suiza Doris Leuthard.
En Brasil, en tanto, Luiz Inácio Lula da Silva – constante “comentarista” de las decisiones futbolísticas del país – también tuvo que salir a “dar explicaciones”, principalmente para calmar a quienes exigían la cabeza de jugadores y dirigentes al recibir a la selección que se vio eliminada en cuarto de final a manos de Holanda. La principal ventaja del Mandatario brasileño es que con facilidad pudo desviar la mirada hacia el futuro, considerando que la Copa Mundial del 2014 se celebrará en Brasil. “No podemos quedarnos llorando la derrota, tenemos que comenzar a preparar a Brasil para el 2014 desde ahora”, afirmó. De hecho, pocas horas después de la eliminación de Brasil en la Copa del Mundo, Lula se embarcó en una gira por el continente africano, que tenía como punto clave la presentación del logo del Mundial 2014.
Muy similar, aunque en la vereda anímica opuesta, fue lo que ocurrió en nuestro país con la llegada de la selección tras ser eliminada en segunda ronda nuevamente frente a Brasil. El Presidente Sebastián Piñera decidió recibir a la selección en el Palacio de La Moneda, evento que indudablemente tuvo como punto clave el despectivo saludo del entrenador Marcelo Bielsa al Presidente y el no-saludo del “mister” al Subsecretario de Deportes. Aunque este último procuró minimizar el efecto del frío saludo, lo cierto es que para nadie pasó desapercibida la actitud del argentino, la que no era más que la extensión de la exhibida en la despedida de la selección rumbo al Mundial.
La misma hija del Mandatario disparó un tweet a Bielsa acusándolo de “roto”, mientras el alcalde Pedro Sabat llegaba al extremo de pedir la expulsión del rosarino. Finalmente Bielsa se disculpó y @manena hizo lo propio. Conclusión, absolutamente nadie sacó provecho de la recepción.
Faltas de respeto más, faltas de respeto menos, lo cierto es que si bien se podría asegurar que el recibimiento de Sebastián Piñera a la selección fue algo exagerada y poco meditado (era conocida la poca simpatía de Bielsa, se permitió el acceso de cámaras a todo el recorrido y saludo de la selección dentro del Palacio y, por último, el desempeño de la escuadra nacional no fue muy distinta al de Francia 98), no se puede acusar al Presidente de Chile de ser un pionero en el aprovechamiento del deporte por parte de la autoridad.
Augusto Pinochet hizo lo propio con la selección de fútbol que participó en España 82; Eduardo Frei recibió en La Moneda a Marcelo Ríos cuando éste subió hasta el número uno del tennis mundial; Ricardo Lagos recibió a los campeones olímpicos de tenis y a Yantani y Cerda, los remeros que salieron campeones del mundo; y Michelle Bachelet celebró en Palacio el campeonato mundial ganado por “las marcianitas” en hockey.
Lo anterior podría derivar en una discusión interesantísima sobre dichas recepciones comparadas con el pobre o inexistente incentivo por parte del gobierno al desarrollo de esas cuatro disciplinas, pero por mi parte sólo me quedo a grosso modo con lo fascinante que llega a ser el interés que despierta en la política el procurar subirse al carro del triunfo al que llegan los deportistas. Lo anterior parece lógico: el deportista, con su logro, representa el esfuerzo propio o colectivo y porta el nombre del país cada vez que participa en partidas internacionales. El campeón, en cualquier disciplina deportiva, cuenta con una popularidad que ya se quisieran los políticos (por muy breve que ésta sea).
Lo importante, sospecho, es hacer de los éxitos deportivos éxitos nacionales, no políticos, y – hablarán los expertos – deben ser destacados particularmente cuando son fruto de políticas de Estado, no de un gobierno (El caso español salta a la vista).
En la web se pueden encontrar numerosos artículos que hacen alusión al binomio. Vale la pena navegar por (algunos) de ellos. Los menos ideológicos, ojalá.



30/07/2010 







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